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Long neck, lock taste

Fútbol: pasión y perversión

Fruto de la hipnosis colectiva, la descarga de testosterona o los conflictos sociales, la violencia en las canchas tiene muchas explicaciones y pocas soluciones. Por Mónica Santino (SALUTIA.COM)

La violencia inusitada enturbia casi todos los fines de semana y conforma la cara más perversa de esas multitudes apasionadas que cantan, aplauden y se emocionan por una divisa. Salutia examinó algunos de los factores que hacen que una persona tranquila en su vida cotidiana pueda transformarse en un energúmeno que, cuando hay partidos, vocifera colgado del alambrado y es capaz de emprenderla a patadas y golpes de puño con cualquiera que lleve la camiseta del equipo rival.

 
Fútbol: ¿culpable o inocente?

Para Rosa Delgado, miembro del Colegio de Psicólogos de Buenos Aires, el comportamiento de la gente en masa tiene explicaciones precisas. "Un individuo normal en un estadio de fútbol puede comportarse de manera violenta inducido por el conjunto", sostiene. Existen mecanismos inhibitorios de la conducta humana. En el medio de la multitud, una persona se ve protegida por el anonimato y no reprime ninguna acción porque no siente responsabilidad directa de sus actos. Estos comportamientos resultan contagiosos y se reproducen en el caso del fútbol, de espectador a espectador.

El psicoanalista Hector Becerra, docente de la escuela de periodismo Deportea y responsable de una cooperativa de trabajo en salud mental (ATICO), opina que "el fenómeno de la violencia en las canchas es sólo un síntoma de lo que anda mal. Esta es una época caracterizada por el aislamiento y en un estadio un individuo obtiene una válvula de escape de su vida cotidiana".

Becerra, quien fue uno de los disertantes de un seminario que exploró la problemática en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo, sostiene que hay millones de personas que padecen insomnio y tensiones laborales cotidianas. "Hay una imposibilidad de estallar. El fútbol cumple esta función de poder escapar de la realidad", agrega.

En la misma línea se pronuncia Facundo Sava, actual goleador del campeonato argentino y estudiante a punto de recibirse de psicólogo social: "El fútbol no es una isla. Si no existe la justicia, la salud y la educación, por más que traigan la mejor policía del mundo, siempre va a aparecer alguien que tire una bombita o genere incidentes".

 
Hormonas y agresión
Pero los científicos examinan otros condicionantes de la violencia. Hace dos años, un estudio norteamericano reveló que estar en un estadio de fútbol aumenta los niveles de testosterona, una hormona que se asocia a conductas agresivas. Otra investigación publicada en el British Journal of Social Psychology constató que, cuando un espectador está acompañado por otros que gritan o reclaman, se bloquean las inhibiciones y tiende a exteriorizar con más frecuencia un comportamiento belicoso. "Se da una suerte de hipnosis colectiva", señala la psicóloga Delgado.

Hay matices más complejos que confirman que los desmanes se pueden disparar desde la cancha. Sociólogos norteamericanos de la Universidad Old Dominion, en Virginia, comprobaron que el número de mujeres que denuncia lesiones, asaltos o violación aumenta los días en que ganan los Pieles Rojas de Washington, un rudo equipo de fútbol americano. "Mirar acciones violentas puede alentar a los fanáticos a aplicarlas en su entorno", sugieren los especialistas.

Mucho ha cambiado el fútbol a lo largo de su historia. Los cantos hirientes de las hinchadas, la forma de jugar, los "códigos" de la tribuna, el dinero en juego, la connivencia de los dirigentes y las presiones políticas son muy distintas a las de hace 30 años. Todo esto -aseguran algunos especialistas- termina de sumar ingredientes a un cóctel que explota cada vez con más frecuencia y donde nadie guarda las recetas infalibles que permitan desactivarlo.
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